No me percaté hasta hace poco que mayo es el mes mundial de la salud mental.
Entonces… hablemos de la salud mental y cómo podemos apoyarnos a nosotres mismes y a nuestros seres queridos.
Y como es un tema enorme, quiero escribir una mini serie sobre la salud mental, principalmente compartiendo desde mi propia experiencia qué me ha ayudado en mis procesos.
Desde que empecé a estudiar consejería psicológica en la U que creo firmemente en trabajar hacia un mundo en que ya no exista estigma cuando se trata de la salud mental, la psicoterapia, y apoyarse en medicamentos para estabilizar el estado psicoemocional y químico. Y creo aún más firmemente en ello luego de varios años de estar en terapia y tomar fármacos para tratar mis ciclos de depresión, ansiedad e insomnio. Una de las variables que influye en nuestra capacidad de encontrar mayor equilibrio y poder sanar es justamente ese estigma social que aún existe en la sociedad, y que muchas veces existe también en nosotres mismes.

He ido descubriendo poco a poco en los últimos pocos años lo importante que es tratarse a une misme con paciencia, con cariño, con curiosidad, con ternura… Como tratarías a une pequeñite de dos o tres años de edad.
Un libro clave que me ayudó a entender esto es No Hay Partes Malas escrito por Richard C. Schwarz, quien desarrolló un método terapéutico llamado Sistema de Familia Interna. (Recomiendo buscar su disponibilidad en tu biblioteca local o librería independiente favorita.) Con este libro (y con mi psicóloga, podcasts y conversaciones con mi pareja quien ha estado haciendo su propio trabajo mediante el sistema de familia interna) estoy aprendiendo y de apoco internalizando que cuando tengo miedo o estoy ansiosa debido a algo que está ocurriendo (o imagino que va a ocurrir), muchas veces es en realidad una parte joven mía, a menudo muy joven, quien está “pegada” en el pasado cuando pasó algo que fue traumático para ella y está respondiendo ante el momento actual como respondió en el pasado. Y esa respuesta ya no es apropiada, o no se condice con lo que está ocurriendo en el presente.
Por ejemplo: supongamos que una persona muy cercana (una de mis personas de apego) con quien estoy acostumbrada a comunicarme varias veces al día no ha respondido a mis mensajes de texto hace casi 24 horas. Con el paso de las horas, mi cuerpo se ha puesto más y más tenso. Cuando reviso mi celular y veo que aún no me ha escrito, se aprietan mi estómago y mi pecho y aumenta mi ritmo cardiaco. Empiezo a sentirme herida, tal vez hay resentimiento. Empiezo a repetirme frases desesperanzadas en mi diálogo interno como “No soy lo suficientemente importante para elle; está priorizando a los demás por sobre mí; qué le cuesta mandarme un mensajito corto aunque sea”.
¿Qué se nos ha enseñado responder, ya sea con el ejemplo o directamente con palabras, ante situaciones y emociones como estas?
El ejemplo social es seguirle la corriente a estas respuestas internas, alimentarlas e intensificarlas con nuestra atención y tiempo, darles la razón. Como resultado nos sentimos peor, y actuamos desde esa ansiedad y dolor, con frecuencia dañando nuestra relación con le otre.
O yendo al otro extremo, tal vez se nos enseñó que debemos hacer callar tajantemente esa voz interna de preocupación y dolor. Debemos ignorarla, hacer cuenta de que no existe. Decirnos en nuestro diálogo interno, “No seas ridícul@, si no es para tanto. ¡Suficiente! Piensa en otra cosa, no seas exagerad@/tont@/infantil.”
Te invito a que usemos nuestra bella imaginación por unos momentos. (Voy a emplear un ejemplo que dio la socióloga Dra. Martha Beck en esta entrevista)
Imagina por unos dos o tres minutos que tienes delante tuyo un cachorro asustado y que has decidido ayudarle. ¿Cómo actuarías con ese perrito? Visualízalo en detalle: tu actitud corporal, la distancia física que pondrías entre tú y el cachorro, tu tono y volumen de voz, el estado emocional y energético que le quieres comunicar al perrito, el tiempo que le darías a la interacción, etc.
Como dice Dra Beck, todes sabemos instintivamente cómo interactuar con un animal asustado. Bajamos el tono y volumen de la voz, bajamos también nuestro cuerpo (nos ponemos de cuclillas o nos sentamos), dejamos distancia entre nosotros y el animal, no hacemos movimientos rápidos ni grandes, nos aseguramos de estar en un estado de calma y relajación para poder transmitírselo al animal… y vamos leyendo el lenguaje corporal del animal para saber cómo adaptarnos para hacerle sentirse menos asustado.
Y ¿qué pasaría si me tratara a mí misma como trataría a una cachorrita asustada? Si en vez de ser impaciente conmigo misma o intolerante o juzgadora, me mirara a mí misma con ternura, con paciencia y compasión, dándome tiempo y espacio.
Citando a Dra. Beck: “Si estás en un estado de ansiedad, lo mejor que podemos hacer es mirar hacia adentro y encontrar esa parte nuestra que está asustada, y simplemente observar nuestra propia ansiedad. Preguntarnos, ¿cómo se siente? ¿quién es esa parte allí dentro que está asustada, que está ansiosa? Encuentra esa parte en tu cuerpo. ¿Dónde está ubicada? (En el pecho, por ejemplo, o los hombros). Permite que exista esa sensación física de la ansiedad y dile: “Te voy a dar espacio. Estoy aquí. Voy a estar aquí contigo. Sé que estás asustada, pero te tengo. Está bien. Podemos ir a la otra pieza, si lo necesitas.” Y siéntate con esa parte tuya. Y dile: “Cuéntame. ¿Qué estás sintiendo? Cuéntamelo todo. Tienes libertad para sentir exactamente como te sientes, y estoy aquí para escuchar cualquier cosa que me quieras contar. Y no te haré daño. Y no trataré de reprimirte ni hacerte desaparecer.”
He estado practicando esto mucho desde que empecé a aprender del sistema de familia interna. Cuando mi niña interior se siente insegura, con miedo, con ansiedad, cuando algo en el presente le gatilla recuerdos sensoriales de cuando era pequeñita – simplemente me observo con dulzura y paciencia. Trato de acordarme de invitarle a esa Kari chiquita que me cuente qué le está asustando, y escucharla con tiempo y atención. (No es algo que haga bien aún – estoy desarrollando el hábito.) Trato de unir el gatillante actual con el recuerdo de algo que ocurrió en el pasado, y recordarle a esa parte mía asustada que está segura, que lo que ocurrió en el pasado no está ocurriendo ahora y que estamos bien. Que la amo, que soy grande y soy capaz de cuidarla a ella y a mí.
Con esta práctica he podido observar cómo mis niveles de ansiedad han ido bajando paulatinamente. Con esta práctica estoy aprendiendo a autoregularme, a calmar mi sistema nervioso, a sostenerme a mí misma al encontrar paz interior en vez de buscar la paz y la regulación en fuentes exteriores a mí.
Esta forma de mirarnos y tratarnos a nosotres mismes es algo que podemos ir aprendiendo y fortaleciendo con el tiempo, como un músculo. La idea no es la perfección. La idea es avanzar hacia un trato propio de compasión y ternura.
Te invito a que la próxima vez que sientas que se te aprieta el pecho con ansiedad o temor, que te acerques a ti mism@ con un brillo de amor en tus ojos y dulzura en tu voz. Eres dign@ que cariño y ternura, paciencia y espacio.





